Educar sin revisarse es reaccionar, no acompañar

En el ajetreo de la crianza actual, marcada por las prisas, las expectativas y la exigencia constante, a menudo olvidamos una verdad fundamental: para educar a nuestras hijas e hijos con respeto y presencia, antes tenemos que mirarnos a nosotras y nosotros mismos.

Convertirse en madre o padre no nos transforma automáticamente en personas conscientes. Llegamos a ese rol cargando nuestra propia historia: vivencias infantiles, heridas no resueltas, modelos heredados y patrones inconscientes. Todo eso, sin darnos cuenta, se activa cada vez que nuestro hijo o hija nos necesita de forma intensa o desafiante como suele pasar.

Es importante saber que nada de esto tiene que ver con haber tenido una infancia ideal, cosa imposible, por otro lado. Sino de estar dispuestos a revisar lo que llevamos dentro. Porque muchas veces, lo que vemos como “mal comportamiento” en nuestros hijos no es más que el reflejo de una parte de nuestra historia que todavía nos duele o nos desborda.

Un concepto clave para entender nuestras reacciones es el del sistema nervioso autónomo. Ante determinadas situaciones –como una rabieta, una negativa, una demanda constante o una emoción desbordada–, nuestro cuerpo puede entrar en un estado de alarma. Se acelera el corazón, sube la tensión, sentimos urgencia por “corregir” o “controlar”. Y no estamos viendo al niño o niña, estamos reaccionando desde el miedo o la amenaza. En esos momentos, no criamos: respondemos desde la supervivencia. Es el modo lucha, huida o bloqueo. Y dejamos de estar presentes, disponibles y conectados.

Una imagen muy útil para identificar estas situaciones es la de “la música del tiburón”. Igual que en la película Tiburón (Jaws), cuando empieza esa banda sonora inconfundible que anticipa que algo terrible está a punto de ocurrir (tan-tan… tan-tan…), muchas veces sentimos dentro de nosotros esa misma alarma. No es una amenaza real: es nuestro sistema nervioso activado por una experiencia emocional del pasado. El niño no es el tiburón. Pero algo en su demanda despierta en nosotros miedo, urgencia o angustia. Y entonces dejamos de verle tal como es, y empezamos a reaccionar como si tuviésemos que defendernos.

Aprender a reconocer esta señal interna puede ser un punto de inflexión. Podemos parar un segundo y decirnos: “Está sonando la música del tiburón… ¿qué me está removiendo esto?” Ese pequeño espacio de conciencia nos permite elegir una respuesta diferente. Más consciente. Más conectada.

Desde el modelo del Círculo de Seguridad Parental, se nos recuerda que las niñas y niños necesitan explorar el mundo, pero también volver a sus figuras de apego para sentirse seguros, consolados y comprendidos. Ese vaivén entre salir y regresar es natural, sano y necesario para su desarrollo emocional. Pero para que eso ocurra, necesitan que nosotros seamos su base segura y su refugio emocional. Y eso solo es posible cuando somos capaces de regular nuestras propias emociones.

El Círculo plantea que el adulto debe ser “más grande, más fuerte, más sabio… y amable”. No perfectos, sino disponibles. Si estamos dominados por el miedo, el enfado o la herida, no podemos ofrecer contención. Y sin contención, el niño no puede confiar en que estaremos ahí cuando más nos necesita.

Por eso, revisarnos como madres y padres no es un lujo ni un capricho es una necesidad, una parte esencial de la crianza. Cuando aprendemos a mirar hacia dentro, cuando detectamos que algo de lo que ocurre con nuestro hijo activa algo en nuestra historia, entonces podemos parar, respirar y reconectar.

Educar no es moldear a la fuerza, ni evitar el conflicto. Es acompañar el crecimiento de un ser humano único, con sus propios ritmos, necesidades y emociones. Y para poder acompañar, primero necesitamos estar presentes. Y para estar presentes, necesitamos haber hecho espacio para lo que nos habita.

No hay técnica, método o estilo de crianza que funcione si no va acompañado de una mirada interna honesta. Porque no educamos solo con palabras, sino con nuestra manera de estar. Y cuando somos capaces de parar, respirar, y ver a nuestra hija o hijo desde su necesidad –y no solo desde nuestra herida–, entonces ese amor que siempre estuvo presente puede expresarse de forma más clara, consciente y reparadora para ambos.

Jesica Rodríguez Zappulla. Psicóloga.

Terapeuta especialista en psicoterapia del niño y la familia.

NºCOL: M-26378.

         

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